El amanecer se abrió paso con un resplandor falso, un sol pálido que no traía calor ni promesa.
El mundo parecía contener la respiración después del despertar en las ruinas.
Nada en el aire se movía por voluntad propia: las hojas giraban solas, obedeciendo a un pulso que no era el suyo, un pulso nuevo y viejo a la vez.
El alma del Rey había regresado.
Pero su cuerpo ya no era el suyo.
Thallyla —o lo que quedaba de ella— caminaba por el lago seco como si las aguas aún existieran bajo sus pies. S