El temblor no disminuyó.
Noctara sintió cómo el polvo le caía encima desde las vigas del techo, mientras el soldado seguía balbuceando a la entrada, demasiado asustado como para formar frases coherentes.
La sombra afuera rugió otra vez.
No sonaba como un animal.
Ni como un monstruo reconocido.
Era algo más profundo, más antiguo, como la voz de un continente hundiéndose en el fondo del mar.
Noctara apretó las mandíbulas.
—Thallia —dijo, volviéndose hacia ella—, dime qué percibes.
Thallia respira