Las puertas del salón del trono se abrieron, y Arabella entró con pasos cautelosos, sus ojos recorriendo el ambiente con calma. En el centro del salón, frente al imponente trono, estaban Franz Walsh y Aurelius, de pie, tensos. Lucian, sentado en el trono, tenía los dedos crispados en los apoyos dorados, su mandíbula apretada en una expresión de puro desdén. El silencio era denso como la niebla antes del amanecer.
Arabella se acercó, sus pasos resonando en los escalones de mármoles. Se detuvo