El lobo negro, enorme y majestuoso, corría como una sombra veloz entre los árboles. Sus ojos dorados brillaban con una determinación feroz, reflejando la luz pálida de la luna que apenas lograba atravesar la densa copa del bosque. Cada músculo de su cuerpo se contraía y relajaba con perfección, cada movimiento era ágil y calculado. Era un depredador supremo, una fuerza implacable, y nada podría detenerlo. Pero no corría por libertad o por caza. Corría con un propósito.
Stormhold era su destino.