La habitación era una obra maestra de lujo y sofisticación. Las paredes estaban adornadas con tapices bordados con hilos de oro, y el suelo estaba cubierto por una alfombra gruesa de tonos profundos, amortiguando cualquier ruido. El aire estaba impregnado con el sutil aroma de aceites esenciales, una mezcla de lavanda y sándalo que promovía la relajación. Los muebles eran de madera noble, tallados con maestría, y las cortinas, hechas de terciopelo pesado, enmarcaban ventanas enormes que ofrecía