Phoenix continuó sentada junto a la puerta, con la mirada fija en el suelo de piedra fría, mientras el tiempo pasaba. La luz del sol que atravesaba las cortinas indicaba el avance de las horas, transformando la mañana en tarde. El silencio en la habitación solo se interrumpía por el ocasional sonido de pasos en el pasillo. Sus dedos tamborileaban en el suelo, un reflejo inconsciente de su ansiedad. Entonces, finalmente, escuchó voces familiares: Genevieve e Isadora.
Las dos damas se detuviero