La nieve seguía cayendo, más intensamente ahora, y el frío era cortante. Las manos de Phoenix estaban rojas y entumecidas por el trabajo, pero ella continuaba. Ulrich, a pesar de las heridas, era incansable. Trabajaba con una eficiencia fría, los ojos siempre atentos a los alrededores, en busca de cualquier señal de peligro.
Después de un tiempo, terminaron la tarea. Ulrich enrolló la piel del oso y la ató para facilitar el transporte.
"Vamos," dijo él, recogiendo una de las bolsas improvisadas