Turin estaba sentado en el trono menor de la sala, una imponente estructura de madera oscura con detalles en plata que contrastaban con la opulencia del trono de Ulrich, el rey alfa. Sus ojos, sin embargo, estaban fijos en el arzobispo Franz Walsh, que se acercaba con pasos firmes y una mirada de determinación implacable. La sala del trono estaba silenciosa, las antorchas iluminando el ambiente con una luz tenue y titilate, proyectando sombras que danzaban en las paredes de piedra. El arzobispo