El frío cortante de Nordheim, la capital del Valle del Norte, llenaba el aire con un silencio opresivo. Las murallas del castillo se alzaban imponentes contra el cielo gris, y la nieve caía suavemente, creando un contraste con la creciente tensión dentro de las paredes de la fortaleza. Por los pasillos, el arzobispo Franz Walsh caminaba a grandes zancadas, el rostro endurecido por la ira y las manos apretando una carta arrugada, cuyos bordes estaban casi rasgados por la fuerza con la que la sos