El sol de la tarde se filtraba por los ventanales de la suite en Florencia, bañando las paredes de estuco y los frescos del techo con una luz dorada. Maya estaba sentada en la terraza, disfrutando de la frescura de una bandeja de frutas, observando la cúpula de la catedral a lo lejos. Dentro de la habitación, el único sonido era el golpeteo incesante de Alexander sobre las teclas de su computadora.
Su carta bajo la manga estaba finalmente sobre la mesa. El plan era audaz y peligroso: saltarse a