El Il Lusso di Firenze no era simplemente un restaurante; era un santuario de poder tallado en piedra renacentista y cristalería de Murano.
Al fondo, en la mesa más apartada y protegida por una discreta seguridad, se encontraba Maximiliano, el titán que sostenía los hilos de la multinacional más grande del sector. A su lado, su esposa, Isabella, una mujer de elegancia atemporal y mirada inteligente, observaba la llegada de la pareja con una curiosidad mal disimulada.
—Alexander —dijo Maximilian