Maya retrocedió hasta la cocina con el rostro desencajado. Se agarró de la encimera para no caerse. El aire en el apartamento se volvió denso, eléctrico.
—Es ella —susurró Maya—. Es Stefany.
Alexander no se inmutó. Dejó la taza sobre la mesa y caminó hacia la entrada con una calma que resultaba aterradora. Su rostro era una máscara de piedra.
—¿Cómo supo mi dirección? —preguntó Maya presa del pánico—. Alexander, esto es un desastre. ¿Qué vamos a hacer?
—Abrir —respondió él con frialdad—. No voy