Maya entró en su apartamento tropezando con sus propios pasos. El silencio del lugar, que horas antes había sido el escenario de su entrega, ahora la asfixiaba. Se dejó caer contra la puerta cerrada, resbalando hasta el suelo mientras los sollozos le desgarraban la garganta. El encaje rojo del vestido, tirado aún cerca del sofá, parecía una mancha de sangre que le recordaba su pecado.
Con las manos temblorosas, marcó el número de Camila. Necesitaba que alguien la anclara a la realidad antes de