—¿Qué demonios te pasa? —soltó él. Su voz no era un grito, era algo peor: un susurro cargado de una autoridad violenta—. No vuelvas a interrumpirme de esa manera. Nunca.
—¡Alexander, es una humillación! —estalló ella, señalando hacia la puerta—. ¡Me acabo de enterar de tu pequeña broma! ¿A mi amiga la pones de secretaria, en el puesto de esa inútil, mientras que a tu amante la conviertes en tu asistente personal? ¿A esa gorda insignificante le das el poder de manejar tu vida? ¡Exijo una explica