Alexander se separó de Stefany con una brusquedad que la hizo tambalear sobre el escritorio. La frialdad regresó a sus ojos verdes con la misma velocidad con la que el deseo se había evaporado. Se ajustó el pantalón y abrochó su camisa con dedos mecánicos, ignorando la mirada de triunfo empañada por la confusión de la mujer que seguía semidesnuda frente a él.
—¿Por qué te detienes? —preguntó Stefany, con la voz entrecortada y el rostro encendido—. Alexander, estábamos...
—Se acabó, Stefany —sen