El vapor del agua caliente aún se aferraba a su piel cuando Maya cerró el grifo. El silencio del baño era un refugio temporal, pero afuera, en su propia sala, acechaba un depredador que no recordaba quién era, pero que conservaba intacto su instinto de posesión.
Se miró al espejo, empañado y gris, y trazó una línea con el dedo. Tenía que ser impecable. Un solo error en el guion y Alexander Morgan la destrozaría antes de que pudiera cobrar el primer cheque.
Salió del baño envuelta oliendo rico.