Tenía el aspecto de un hombre que no había dormido, con la mandíbula tensa y esa mirada oscura que parecía querer atravesar la madera de la puerta. Estaba allí, fuera de su horario, fuera de la oficina y rompiendo todas las reglas que ella misma había inventado para mantenerlo a raya.
Maya respiró hondo, ajustó el nudo de la toalla sobre su pecho y abrió la puerta lo justo para que él viera que estaba a medio vestir.
—¿Alex? —soltó ella, fingiendo una sorpresa cargada de una sensualidad perezos