Alexander la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo. Sentía que algo no cuadraba del todo, una pequeña voz en el fondo de su mente le decía que él no era un hombre de sentimientos tan repentinos, pero la evidencia física era abrumadora. La deseaba. Sus manos recordaban la textura de su piel.
—Si eso es cierto —dijo Alexander, su voz vibrando de autoridad—, entonces soy un hombre mucho más afortunado de lo que pensaba. Y también un idiota por haber olvidado cómo te sientes bajo mi cuerpo.
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