Maya palideció, dándole la espalda a un Alexander que la observaba con los ojos entrecerrados, analizando cada uno de sus gestos.
—Señora, Amanda Tranquilícese... —balbuceó Maya, sintiendo cómo el deseo se evaporaba para dar paso a un frío presentimiento—. Anoche estuvimos bebiendo, sí, pero ella se subió a un taxi. Se fue directo a casa, dijo que saldría a divertirse pero Camila sabe cuidarse muy bien.
—¡No llegó, Maya! ¡Mi hija no aparece! —La mujer estalló en un llanto desgarrador que hizo q