Los muros de piedra caliza de la villa de Neuilly no bloqueaban el sonido; lo absorbían, vibrando con el impacto pesado y rítmico del plomo supersónico al golpear la piedra.
Afuera, la lluvia había convertido el patio en una lámina de zinc gris y resbaladiza. A través de la estrecha rendija de la ventana de la suite principal, el mundo no era más que fogonazos: destellos afilados y blancos de luz de magnesio que desgarraban la espesa niebla parisina. No había gritos. Los hombres de Amberes se m