El ático ya no se sentía como un santuario. Se sentía como un museo donde las piezas de exhibición estaban gritando.
Me quedé de pie en el centro de la cocina, con las manos temblando mientras intentaba servirme un vaso de agua. El silencio de la mañana era espeso y antinatural, una pesada mortaja de terciopelo que amortiguaba el rugido de la ciudad cincuenta pisos más abajo. Sentía el peso del ático presionándome: el mármol, el acero, los miles de millones de dólares en cristal... todo se sent