La fiebre le azotó a medianoche. La cabaña de piedra, que apenas unas horas antes se sentía como una fortaleza, ahora parecía una olla a presión. El viento aullaba contra las tejas de cedro, un grito agudo y solitario que hacía eco del incendio que recorría las venas de Dante. Yo no había dormido. No podía. Me senté en el suelo junto al sofá, con un cuenco de agua fresca y un trapo en el regazo, observando cómo el hombre que me compró se desmoronaba en la oscuridad. Se agitaba, con su mano sana