La isla había sido un sueño de sal y piel, pero el helicóptero que aterrizó en el acantilado dentado al amanecer fue la realidad fría y ensordecedora.
Las hélices azotaban el rocío marino convirtiéndolo en una neblina violenta que me escocía en los ojos mientras ayudaba a Dante a cruzar el césped mojado. Estaba pálido —fantasmal bajo la luz de la mañana—, pero la fiebre había dejado a su paso una claridad dura, como el cristal. Se apoyaba en mí, su peso era pesado y sólido, y su mano agarraba m