Capítulo 17: La sal y el hueso

La isla no tenía nombre. Dante la llamaba "La Bóveda", pero mientras el pequeño y maltrecho esquife cortaba el agua negra y agitada del estrecho, parecía más bien un diente dentado surgiendo del mar.

El aire aquí era diferente al de los bosques. No olía a hojas podridas y secretos; olía a sal, a rocío frío y al picor agudo y limpio del yodo. La niebla de la tierra firme no nos había seguido hasta aquí, pero las nubes eran bajas y pesadas, de un púrpura amoratado que amenazaba con una tormenta m
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