Raquel
Habían pasado horas y él todavía no había llegado a casa.
Quería preguntarle a Javier qué había averiguado en el restaurante y quién podría estar tras de mí. Pero con la misma urgencia, quería saber si aquel beso en el pasillo había derretido sus huesos como había derretido los míos.
Horas después, todavía vibraba por la fuerza de sus labios sobre los míos. Aún sentía el ardor de sus manos sobre mi piel y el calor de su aliento en mi cuello.
Y ni siquiera sabía si estaba vivo.
—Por supue