El sol de la tarde caía sobre los jardines del palacio, bañando las fuentes y los senderos con una luz dorada que contrastaba con el estado de ánimo de Mariana. Llevaba a los niños de la mano, uno a cada lado, intentando concentrarse en sus risas y preguntas mientras recorrían los caminos bordeados de buganvilias y jazmines. El aroma dulce de las flores flotaba en el aire, pero ni siquiera esa fragancia lograba aliviar la pesadez que sentía en el pecho.
—¡Mira, Mariana! ¡Una mariposa azul! —excl