210

El acero reforzado no cedió bajo sus puños. Mariana golpeó la puerta hasta que sus nudillos ardieron, hasta que el dolor físico casi logró opacar el pánico que le comprimía el pecho como un puño invisible.

—¡Abran! ¡Por favor!

Silencio. Solo el eco de su propia voz rebotando contra paredes que ahora parecían cerrarse sobre ella.

Idris despertó con un gemido que rápidamente escaló a llanto. El sonido atravesó a Mariana como una cuchilla caliente, recordándole que no estaba sola en esta trampa, que su terror era un lujo que no podía permitirse.

—Shh, bebé, estamos bien —susurró, meciendo a su hijo contra su pecho mientras caminaba en círculos pequeños, patéticos.

Mentira. No están bien.

La sala medía aproximadamente seis metros por seis. Una ventana con barrotes

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