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El acero reforzado había dejado de responder a sus golpes hacía ya varios minutos, pero Mariana continuaba allí, de rodillas frente a la puerta sellada del búnker, con las manos temblorosas y los nudillos en carne viva. El aire acondicionado zumbaba con su indiferencia mecánica, ajeno al colapso interno de una mujer que acababa de perder a su hijo.

Es mi culpa. Todo es mi culpa.

Las palabras se repetían en su mente como un mantra destructivo, cada repetición hundie

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