Aquí sigo sola en este abismo; el dolor se convirtió en un compañero constante, un recordatorio de que aún respiraba. Cada latido en mis muñecas y tobillos era una prueba de que no me había rendido. Pensé en Sophie una y otra vez, imaginándola en algún lugar seguro, quizás con un vecino que la hubiera visto correr. Tenía que creer eso. Era lo único que me mantenía entera.
La puerta se abrió de nuevo, y Dominic entró con una expresión diferente. Sus ojos estaban vidriosos, como si estuviera perd