Aquí sigo sola en este abismo; el dolor se convirtió en un compañero constante, un recordatorio de que aún respiraba. Cada latido en mis muñecas y tobillos era una prueba de que no me había rendido. Pensé en Sophie una y otra vez, imaginándola en algún lugar seguro, quizás con un vecino que la hubiera visto correr. Tenía que creer eso. Era lo único que me mantenía entera.
La puerta se abrió de nuevo, y Dominic entró con una expresión diferente. Sus ojos estaban vidriosos, como si estuviera perdido en algún sueño enfermizo. Llevaba un vestido rojo en las manos, uno que reconocí de inmediato: el que me había obligado a usar en nuestra primera "cita" después de casarnos, cuando todo aún parecía un cuento torcido. Lo desplegó frente a mí, admirándolo como si fuera una reliquia.
—Mira esto, Catalina —dijo con una voz suave, casi soñadora—. Te va a quedar perfecto. Como en los viejos tiempos.
Lo miré fijamente, el estómago revuelto. ¿Qué demonios estaba pasando en su cabeza? Parecía deliran