Arriba, en la sala, Dominic seguía mirando a Catalina con esa sonrisa que prometía más dolor.
—No la van a encontrar —susurró ella, casi para sí misma, pero lo suficientemente alto como para que él la oyera.
La sonrisa de Dominic vaciló por primera vez.
—¿Qué dijiste?
Catalina alzó la mirada, le dedicó una sonrisa lenta y peligrosa.
—Que no la van a encontrar. Y créeme, no sé cómo lo haré, pero pagarás por todo esto… —su voz se endureció—. Me convertiré en el peor de tus abismos. Te destruiré tanto que desearás no haber nacido.
—No me hagas reír. ¿Alguien tan insignificante como tú qué podría hacerme? —afirmó Dominic, mirándola fijamente, con una sonrisa cargada de desprecio—. Entiende algo: yo siempre gano. ¿No te has dado cuenta? Aun cuando me tomo todo el tiempo del mundo en encontrarte, siempre regreso… y nunca me iré. Y en cuanto mis hombres traigan a nuestra hija, todo esto habrá terminado.
—¡Psicópata! —exclamó Catalina, escupiéndole el rostro sin apartar la mirada.
Dominic lev