La luz dorada del brazo de Rena iluminaba el viejo trastero como un amanecer derramado.
Darien se quedó paralizado en el umbral, con sus ojos grises fijos en el resplandor; por un instante, su habitual calma se rompió. Entró rápidamente y cerró la pesada puerta tras de sí, un sonido seco en el silencio.
—Rena —dijo con voz baja y urgente—. Haz que pare. ¡Ahora!
Ella lo intentó. Apretó el puño y respiró como Cael le había enseñado, pero la luz seguía pulsando, cálida y brillante, alimentándose d