Rena apenas logró entrar antes de que sonara la campana matutina.
Escondió los dos trozos de cinta bajo el colchón, junto a la nota de Cael, y se lavó la cara con agua fría hasta que se le quitaron las rojeces de los ojos. La marca en su brazo aún le ardía, pero respiraba a través de ella como le había enseñado el anciano: en silencio, con control y oculta.
Comenzó la tarea matutina, la misma de siempre: lavar la ropa, fregar, tender la ropa mojada hasta que se le agrietaron y sangraron los ded