Aquella noche, Alice no durmió.
Se sentó a su mesita con las manos apoyadas en la superficie y pensó en la puerta del almacén. En la forma en que Darien la miró al verla, impasible. En cómo Rena había estado de pie con la mano apoyada en el pecho.
Ya había visto suficiente. Fue a ver a Marcus antes del amanecer.
El salón este estaba frío a esa hora; las antorchas aún no estaban encendidas y una luz gris entraba por las estrechas ventanas. Marcus ya estaba allí, como siempre, con sus registros f