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Curé a los heridos hasta que mis manos temblaban. Uno tras otro, sellando heridas, extrayendo veneno de flechas, reconstruyendo hueso. La luz plateada fluyó desde mí hasta que ya no estaba segura de dónde terminaba mi poder y comenzaba su dolor.

Pero no me detuve. No podía.

Porque si me detenía, tendría que pensar. Y si pensaba, tendría que sentir. Y si sentía...

—Luna.— La voz de Verónica e

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