Sigrid se quedó quieta, como si la orden la hubiera anclado al suelo.
—Acércate —ordenó Asherad.
Ella dudó por un instante, sorprendida por la petición, pero obedeció. Entró por completo en el estudio, cerró la puerta con cuidado y avanzó hacia el escritorio, aunque se detuvo a cierta distancia prudente.
Asherad la observó en silencio y frunció ligeramente el ceño.
—¿Por qué te quedas ahí? —preguntó—. Te he dicho que te acerques.
Con la cabeza siempre inclinada en señal de respeto, Sigrid dio