Asherad llevaba despierto desde el amanecer, encerrado en su estudio, rodeado de papeles que no lograba leer y de informes que pasaban frente a sus ojos sin dejar rastro alguno en su mente.
Poco después llegó el Beta Cedric. Su porte era el de siempre: correcto, controlado, aparentemente sereno. En el fondo, se sentía tranquilo. Estaba convencido de que lo que había planeado ya estaba en marcha y que solo era cuestión de horas para que el asesino regresara con alguna prueba irrefutable: un mechón de pelo, un trozo de piel, cualquier evidencia que confirmara que el encargo había sido cumplido. Para Cedric, el asunto estaba prácticamente resuelto.
Asherad, en cambio, era todo lo opuesto. No había logrado conciliar el sueño en noches anteriores. Su mente regresaba una y otra vez a la misma imagen: aquella loba de rostro marcado, deformado por cicatrices. Y, sobre todo, a su aroma. Ese olor inconfundible que no lograba arrancarse del pecho.
Le inquietaba aún más el hecho de que ya no perc