Asherad permaneció inmóvil frente a ella, observándola con una atención que no había previsto y que, sin embargo, no pudo evitar. Sigrid, por su parte, quedó completamente paralizada. El gesto brusco con el que alguien la había sujetado del hombro y la había hecho girar la había dejado sin aliento, con el cuerpo rígido y la mente en blanco.
Durante un fugaz instante creyó que se trataba de África, porque estaba acostumbrada a que fuera ella quien la tratara de ese modo, sin delicadeza ni advertencia. Pero esa suposición se desmoronó en cuanto reconoció quién se encontraba frente a ella.
El sobresalto se reflejó de inmediato en sus ojos. Esos ojos verdes, idénticos a los de África, y en ese momento se quedaron abiertos, incrustados en el rostro de Asherad como si no supieran hacia dónde huir. Sigrid no era una loba que mirara de frente ni mucho menos hacia arriba; siempre caminaba con la cabeza inclinada, procurando no atraer miradas. Sin embargo, al haber sido obligada a girarse de aq