Sigrid continuaba llorando, sacudida por sollozos irregulares, mientras suplicaba una y otra vez que Asherad no la mirara.
Su mente era un torbellino de miedo y vergüenza; no encontraba una salida posible a aquella situación. No quería incorporarse, no quería ponerse de pie otra vez y quedar expuesta a su mirada.
El solo pensamiento de enfrentar la reacción del Alfa la paralizaba. Temía el rechazo, el asco, el castigo que siempre le habían prometido. Permanecía encogida en el suelo, aferrada a la ilusión de que, si no se movía, si no levantaba la cabeza, todo podría desvanecerse.
Asherad, por su parte, se había quedado como tallado en piedra. Su cuerpo no reaccionaba, pero en su interior el caos era absoluto. Su lobo rugía con urgencia, reclamando con una certeza brutal lo que su mente aún se resistía a aceptar. Aquel aroma era innegable, imposible de confundir. La loba que lloraba a sus pies era su mate. No había duda para su instinto, no había margen para la negación.
De manera casi