Sigrid continuaba llorando, sacudida por sollozos irregulares, mientras suplicaba una y otra vez que Asherad no la mirara.
Su mente era un torbellino de miedo y vergüenza; no encontraba una salida posible a aquella situación. No quería incorporarse, no quería ponerse de pie otra vez y quedar expuesta a su mirada.
El solo pensamiento de enfrentar la reacción del Alfa la paralizaba. Temía el rechazo, el asco, el castigo que siempre le habían prometido. Permanecía encogida en el suelo, aferrada a