Asherad permaneció quieto durante unos instantes, observando a África. Sus ojos recorrieron con detenimiento el rostro de la loba, deteniéndose en la delicadeza de sus facciones, en la suavidad de su piel, en la fragilidad aparente de su cuerpo.
Era hermosa, innegablemente hermosa, una loba deseable bajo cualquier parámetro, y él era plenamente consciente de ello. Además, no existía una ley inquebrantable que dictara que el apareamiento debía ser de noche, que debía ser siempre en el mismo horario. Podría haberla tomado en ese mismo momento, cumplir con el deber que ambos cargaban sobre los hombros, cerrar ese asunto y seguir adelante.
Pero no pudo. La ira seguía ardiendo en su interior, espesa, corrosiva, mezclada con una humillación que no lograba sacudirse. Y, para colmo, allí, frente a él, no percibía el aroma de su mate. Sin ese lazo que lo dominaba, que lo envolvía y lo arrastraba a un deseo profundo, el impulso se disipaba por completo. Sin ese aroma, sin esa conexión, no tenía