Asherad permaneció quieto durante unos instantes, observando a África. Sus ojos recorrieron con detenimiento el rostro de la loba, deteniéndose en la delicadeza de sus facciones, en la suavidad de su piel, en la fragilidad aparente de su cuerpo.
Era hermosa, innegablemente hermosa, una loba deseable bajo cualquier parámetro, y él era plenamente consciente de ello. Además, no existía una ley inquebrantable que dictara que el apareamiento debía ser de noche, que debía ser siempre en el mismo hora