Sin pensarlo más, África salió de la alcoba a paso rápido. La criada, que aún sostenía al bebé en brazos mientras lo mecía con torpeza, la siguió con la mirada y alzó la voz, sorprendida.
—¡Mi señora! ¡Mi señora! ¿A dónde va? —preguntó, sin atreverse a perseguirla por los pasillos.
África no respondió. Avanzaba con el ceño fruncido, mientras la amarga rabia y la humillación le subía por la garganta.
Pensaba en lo irónico de la situación: el Alfa nunca había compartido las comidas con ella. No desayunaba a su lado, no almorzaba con ella, no cenaba en su compañía. Y ahora, de pronto, resultaba que sí tenía tiempo para sentarse a la mesa, pero con una amante. La sola idea le parecía tan absurda como insultante.
Finalmente llegó al comedor. Estaba a punto de cruzar el umbral cuando un guardia le bloqueó el paso.
—Mi señora —articuló—, lo siento, no puede entrar al comedor.
—¿Cómo dices? —replicó África, indignada—. ¿De verdad pretendes impedirme la entrada a mi propio comedor?
—Tenemos ór