Sin pensarlo más, África salió de la alcoba a paso rápido. La criada, que aún sostenía al bebé en brazos mientras lo mecía con torpeza, la siguió con la mirada y alzó la voz, sorprendida.
—¡Mi señora! ¡Mi señora! ¿A dónde va? —preguntó, sin atreverse a perseguirla por los pasillos.
África no respondió. Avanzaba con el ceño fruncido, mientras la amarga rabia y la humillación le subía por la garganta.
Pensaba en lo irónico de la situación: el Alfa nunca había compartido las comidas con ella. No d