—No sé. Pero odio que ya no sea enemigo.
Emilia dejó la frase sobre la mesa como si fuera una taza caliente.
Nadie la tocó.
Aryanna permaneció de pie, con el teléfono aún en la mano, la voz de Inés ya apagada y el eco de aquella línea de Silvain llenando la cocina.
Si mi apellido aparece en cualquier puerta que quiera cerrársele, que se use mi firma para romperla.
No era una disculpa.
No era una promesa enviada a escondidas.
No era una carta para que Aryanna la leyera bajo la sábana y se pregunt