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La madrugada había llegado con esa quietud engañosa que precede a los terremotos. Aryanna no había dormido—otra noche más en la colección de insomnios que se acumulaban como cicatrices invisibles—y observaba desde la ventana de su habitación cómo el cielo pasaba del negro al gris plomizo. El jardín de la mansión Beaumont permanecía inmóvil bajo esa luz difusa, las gardenias cerradas aún, esperando

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