—De Silvain. Y está dirigida a mí.
La frase subió desde el archivo bajo la capilla y dejó a Aryanna inmóvil.
Silvain no respiró.
No fue una reacción grande. No dio un paso. No preguntó. No pidió bajar. Solo se quedó quieto, con las manos abiertas, como si alguien acabara de ponerle una hoja afilada sobre la piel.
Aryanna lo miró.
—¿Qué carta?
Él negó muy despacio.
—No lo sé.
Su voz sonó distinta.
No culpable.
No defensiva.
Desorientada.
Desde abajo, Emilia volvió a hablar:
—Tiene mi nombre compl