—Yo decido quién entra conmigo.
Emilia sostuvo la llave negra en la mano.
La casa Salvatierra quedó en silencio.
Ni la sopa olvidada en la cocina, ni la cortina amarilla moviéndose con el aire, ni el teléfono de Inés vibrando sobre la mesa consiguieron romper esa frase. Era pequeña, pero tenía peso de puerta antigua.
Aryanna miró la llave.
Luego miró a Emilia.
No a la hermana de diecisiete años que había llorado durante dos años. No a la niña de las fotos. No a la muerta que había enterrado sin