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La madrugada se había colado por las ventanas del estudio como un testigo silencioso cuando Aryanna escuchó el primer golpe. No fue un sonido cualquiera: fue el impacto seco, definitivo, de algo costoso estrellándose contra la pared de caoba. El libro de Cortázar cayó de sus manos temblorosas mientras el corazón se le detenía por un segundo eterno.

Silvain estaba de pie junto a su escritorio, la laptop que ella había usado d&iacut

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