―Sí hay ―dijo―. Hay una pregunta que acaba de sentarse entre mi padre y su madre.
Emilia se puso de pie.
No rápido.
No con rabia.
Con esa lentitud peligrosa de quien no quiere romper algo porque todavía no sabe si lo necesita.
―No me gusta esa pregunta.
Aryanna miró la vitrina.
Las iniciales A y E parecían más profundas que antes, como si la etiqueta invisible hubiera cambiado el peso de la madera.
Marianne Beaumont.
El nombre no pertenecía a esa casa. No pertenecía a la vitrina. No pertenecía