El recuerdo llegó como siempre lo hacía: sin aviso, brutal, arrancándome del presente con la violencia de una bala. Estaba revisando los monitores de seguridad cuando el sonido de la lluvia contra el techo metálico me transportó a esa noche.
Tenía ocho años. La tormenta azotaba las ventanas del orfanato mientras yo me escondía bajo las sábanas raídas, contando los segundos entre relámpagos. Uno, dos, tres... El director entró sin llamar. Su silueta recortada contra la luz del pasillo, el olor a