La noche no acababa nunca.
Corríamos sin descanso, siguiendo rastros casi invisibles, hojas pisadas, ramas rotas, pequeñas señales que quizás ni siquiera eran suyas. El aire estaba denso, tan cargado de humedad y sombras que costaba respirar.
La niebla se aferraba a nuestra piel como un mal presagio, como un velo que quería cegarnos.
—Tiene que haber ido por aquí… —dijo Eirik por quinta vez, su voz salió quebrada de su garganta por la