El amanecer comenzaba a teñir el cielo de tonos ámbar y rojo, como si la misma tierra hubiera sangrado durante la noche. A través de los árboles, la tenue luz filtrada apenas tocaba nuestros rostros, pero incluso esa pequeña promesa de día nos daba aliento.
Aldan caminaba adelante, su cuerpo pequeño envuelto en sombras que parecían no disiparse con la claridad naciente. Eirik iba detrás de él, tenso como un guerrero en medio de la batalla, y yo… yo llevaba el alma hecha ped