El aire vibró con la fuerza de los aullidos, un sonido que retumbó en mis huesos, haciéndome sentir pequeña en medio de algo más grande, algo que no comprendía del todo.
Las raíces que me sujetaban se volvieron cenizas, desintegrándose con un susurro ahogado. A mi lado, Eirik jadeó cuando las ramas que lo apresaban se disolvieron en el aire.
Pero las sombras no habían desaparecido.
Se quedaron quietas, estremeciéndose como si sintieran miedo