Los pasillos interiores de la aduana central eran laberintos de concreto pulido y tuberías expuestas que zumbaban con el flujo eléctrico de los servidores de alta capacidad. La luz fluorescente parpadeaba con una frialdad hospitalaria sobre las figuras de Emilio y Esmeralda, cuyas sombras se proyectaban alargadas y nítidas contra los muros. No había personal de limpieza, ni guardias de turno en los puntos de control intermedios; Harrison se había asegurado de despejar el camino para su última