Mauricio Valenzuela miró la pantalla y luego a Emilio, buscando en los ojos del hijo un destello de la clemencia que alguna vez le había mostrado el padre. Pero no encontró nada. La mirada de Emilio de la Vega era un muro de piedra negra, desprovisto de nostalgia, enfocado únicamente en la preservación del imperio que compartía con la mujer a su lado.
—Tu padre... Alfonso... él sabía que este día llegaría —articuló Valenzuela con la voz quebrada, apartando las manos del teclado como si el plá